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Hoteleros de alma

Lo odio Sr. Spieguel

25 de mayo de 2022

Capítulo 1

El encuentro

Ingreso en este glamoroso coctel en el congreso internacional de turismo de Portugal (La Bolsa de Lisboa), saludo a muchas personas que hace años compartimos tantos eventos en este fascinante mundo de nuestra profesión y me paro junto a un grupito más allegado; retiro una copa de champaña de la bandeja y me incorporo en amenas charlas.

De pronto hago un paneo general y vislumbro en el fondo la imagen de un sujeto que me resulta familiar. Esa persona sin ni siquiera dirigir la mirada directa hacia mí, me produce un escalofrió hasta los huesos. Instintivamente dejo la copa sobre una mesa y me paro firme como un soldado, abrocho mi saco y contengo la respiración.

Mi entorno detecta la rareza de los movimientos, pero lo toma como un accionar sin importancia, siguiendo la charla normalmente.

No puedo dejar de observar disimuladamente a aquel hombre... sin duda convertido en un anciano, pero conservando rasgos que quedaron eternamente grabados en mi subconsciente; ya que creía fugados de la memoria.

Habían pasado tantos años y hechos desde aquella época, pero en ese instante el recuerdo cae sobre mí, como una catarata impresionante de sensaciones.


Capítulo 2

La inauguración

Corría el año 1978, unos días antes del Mundial de Futbol en Buenos Aires y los hoteles se iban terminando contra reloj, para recibir a las delegaciones.

Yo había presentado varias solicitudes y tuve la suerte de ser convocado en el Hotel El Conquistador, de la calle Suipacha al 900.

Unos días antes nos citaron y luego de conocer al Sr, Pertini (Gerente General), presentaron al Sr. Heriberto Spieguel, quien sería nuestro jefe directo, como Gerente de Recepción.

Era un hombre mayor, (para aquellos 18 años que yo portaba), delgado, alto, de bigotes finitos y una mirada fría como un tempano. De origen austriaco, habiendo trabajado en importantes hoteles de distintas ciudades europeas.

Nos miró con suficiencia e hizo algunas preguntas a cada uno, acerca de nuestra vida personal; pero lo que dejo claro, sin decir palabras, que con él, aquello no sería un juego.


Ese primer día nos capacito acerca de cómo estar parados en los puestos de trabajo, de qué forma acompañar a los huéspedes, que decir al mostrar la habitación y hasta como apretar los botones del ascensor.

Nada quedaba sujeto al azar, todos los detalles estaban contemplados y había un plan B por si algo salía mal. Así pasamos ese primer día, entre información, simulacros y suaves reprimendas, solo como muestra de que vendría de no cumplirse las premisas.

El día siguiente cuando subíamos de los vestuarios a tomar el turno y atravesar una puerta de servicio que nos llevara al Lobby, allí nos detuvo un personal de vigilancia para decirnos que aguardemos al Sr. Herby (así lo llamaríamos) vendría a recibirnos.

Aquello nos pareció un acto de gentileza, sin percibir siquiera que se transformaría en la mayor persecución que en esa corta vida había sido sometido. Ni los retos de mi madre, ni la Sta. Nora de tercer grado, ni el bañero Alberto en las tardes agitadas de la pile; me habían sometido a tal rigurosidad.


Llego y nos hizo poner en hilera, uno al lado del otro y de frente con las manos atrás. Camino varias veces de ida y vuelta, observándonos detenidamente, de la cabeza a los pies.

---Buenos días--- respondimos a coro.

---Pasaran por la oficina de Gobernanta y retiraran los uniformes, pruébense los dos juegos, por si hay que realizar algún ajuste; el hotel inaugurara el lunes y ya debe estar perfecto---

Todos los días se presentaran aquí en este mismo lugar, 15 minutos antes de su turno...las consignas son las siguientes:

Perfectamente pulcros

Bien afeitados

Cabello corto y peinado

Uniforme impecable

Sin cadenas ni anillos a la vista

Las uñas cortas y profundamente limpias

A todo esto se debe sumar una gran predisposición para enfrentar la jornada de trabajo con energía y obediencia; ahora bajen a buscar sus uniformes.


Capítulo 3

Bendita moto

El hotel inauguro y el ritual de la revisión matutina, se cumplía a raja tabla. Joselo que por su personalidad y crianza era el más desarreglado (por llamarlo así) era candidato permanente a bajar nuevamente al vestuario a modificar algunas de las consignas no cumplidas. Varias veces tuvo que re afeitarse, por encontrase algunos pelitos no bien rasurados, peinar con gel su cabello indómito y hasta lavarse los oídos con alguna profunda costra, casi indetectable para cualquiera; pero no para los agudos ojos del Sr. Spieguel.

Una vez el Lobby, tomábamos puestos de guardia para estar parados mientras no había trabajo que realizar y ello a veces perduraba por horas. En aquellos años llegue a valorar la dura misión de los granaderos frente a la Casa de Gobierno, ya que salvo el sombrero y la espada, nuestro sacrificio era idéntico.

Eventualmente después de largos periodos, osábamos descansarnos sobre alguna de las dos piernas tan solo para cambiar de posición, pero bastaba la mirada de Herby para enderezarnos como una caña tacuara que vuelve a su lugar.


Esa mañana fue trágica... Me había comprado una motito para ir a trabajar, ahorrando tiempo y dinero. A mitad del camino el motor se paró y no hubo forma de arrancarla. Recurrí a un mecánico que había a unas cuadras y la deje allí para revisarla, siguiendo en colectivo el viaje.

Al llegar al hotel estaba sobre la hora; apenas me dio tiempo a colocarme el uniforme y ponerme en la formación para ser revisado como todos los días.

El hombre realizo su recorrido exhaustivo por mis compañeros llegando a mí para hacer lo propio... al pedirme muestre las manos, ambos descubrimos bajo las uñas, restos de grasa como testigo de ese frustrado viaje en moto.

Me miro con esos mismos ojos agudos que hoy descubro tantos años después en este coctel lujoso y dijo implacable...

---baje, se lava las manos y vuelva a llamarme que las quiero ver---

Para Joselo hubiera sido solo un trámite rutinario, pero para mí una profunda humillación. Sentí vergüenza, dolor, maldije a mi nuevo vehículo y lo más importante... imagine que diría si me estuviera viendo mamá; pero mientras bajaba la escaleras pensé con toda convicción..."LO ODIO SR. SPIEGUEL". En la pileta del vestuario, refregué una y otra vez mis manos y urge debajo de las uñas hasta casi lastimarme; una vez que brillaban rojizas de limpieza, subí a vigilancia y pedí llamen a mi torturador.


En minutos apareció y yo con mis manos expuestas, para que asienta con la cabeza y el mismo me abra la puerta.

Antes de pasar por completo, me tomo firme por el brazo, y mirándome a los ojos de forma profunda, dijo casi en secreto...

---No me preocupa que me odie, acá lo único importante es que sus uñas estén limpias ---

Yo quede paralizado, en esos años inocentes no me focalice en el mansaje, sino en la convicción que el Sr. Spieguel, entre tantos otros atributos, también leía la mente.



Capítulo 4

Asignatura pendiente.

El hombre mayor se moviliza por el salón y yo me alejo de mis acompañantes para rodearlo, como un espía que no quiere quedar en evidencia.

Si bien los años lo han encanecido por completo, detecto algunos rasgos que no cambiaron. Sobre todo sus andar elegante y el fino movimiento de sus manos, que eran capaces de indicar como una batuta los pases para rotarnos de lugar con solo señalarnos.


Ya decidido y sabiendo que esa oportunidad me permitirá ejecutar una asignatura pendiente después de 30 años, atravieso el salón esquivando gente y regalando saludos inoportunos para llegar hasta él y abordarlo.

---Sr. Spieguel--- El para raudamente su paso y gira hacia mí, tratando de detectar quien soy. ---no me recuerda ?---

Me mira detenidamente con aquella misma rigurosidad del pasado y se me vuelve a erizar la piel de idéntica manera.

---Ayúdeme...ya estoy viejo.---

---Yo era maletero en el hotel El Conquistador, cuando inauguramos.---

Me vuelve a mirar con más detenimiento ( casi como lo hacía con Joselo) y entre cerrando los ojos parece que retorno su memoria.


---Su rostro me resulta conocido , pero pasaron tantos años y maleteros por mi vida... pero si está aquí y sobrevivió a mí, seguramente progreso. ---- reímos al unísono.

---Por suerte, y este fortuito encuentro, me permite decirle algo que quise toda la vida--- respiro profundo y hago una pausa demostrándole que sería importante.

---Que muchacho ?--- me interroga intrigado.

---Quería confesarle que en aquellos años lo llegue a odiar mucho.---

---Podría decirme algo más original, eso le pasaba a todos.---

Volvimos a reír más efusivamente y yo algo nervioso.

---Pero lo que no se si sabrá, es que después de algún tiempo y madurar, entendí que no me alcanzaría la vida para agradecerle..., usted me formo, imprimió en mi algo que ya llevo en la sangre y morirá conmigo... esta conducta y respeto por nuestra profesión.---

Veo como espontáneamente se le llenaban los ojos de lágrimas y de forma instintiva me da un fuerte abrazo.


Yo quedo conmocionado; como imaginar en aquellas épocas al inmaculado Gerente de Recepción, casi llorando y apretándome contra su pecho. Quien podría imaginar en aquellos días, cuanto ya lo querria de forma inconsciente; mientras iba repitiendo para mis adentros... LO ODIO SEÑOR SPIEGUEL !!!


Autor: Víctor Belchior

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