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William Benton, el músico que trabaja en la recepción del Hotel Chelsea y mantiene vivo su legado

Tras varias ventas desde 2011 el hotel de Manhattan cerró durante una década poniendo en peligro el legado de los artistas que se hospedaron allí

9 de abril de 2024

Sentí que todo esto se iba a olvidar, porque ocurre en todo el mundo, pero, especialmente en Nueva York, nuestra historia se esteriliza, se borra». Durante décadas, Manhattan fue la meca para artistas de todo el mundo y el Hotel Chelsea, fundado en 1883, -donde trabaja el músico y compositor William Benton (1977)- el refugio de esos peregrinos de la bohemia. Pero, en 2010 salió a la venta y poco después anunció que no aceptaría más reservas. Con el cambio de propietarios, el legado histórico y artístico del hotel corría peligro y William, como visitante que había sido, pensó que «todo había desaparecido».

Él también había visitado el lugar en busca de inspiración, porque «el Chelsea tiene algo para toda la gente del rock and roll, para los punk o para los que les inspiran los escritores de la generación beat». Lo vio por primera vez en 1996 pero no dormiría en él hasta dos años después. En este tiempo, Benton (conocido también por su nombre artístico Cat Casual) ha compuesto bajos y guitarras para Shilpa Ray y trabajado junto a músicos como Steve Wynn o Steve Shelley. También ha compuesto la banda sonora para el documental que el español Danny García estrenó en 2023 sobre el hotel (Ghosts of the Chelsea Hotel).

William Benton en la terraza de la habitación de Dylan Thomas con vistas al cartel de la fachada


Precisamente, fue en la época de la venta, en 2011, cuando logró su primer contrato discográfico y se instaló definitivamente en Nueva York. Entonces, el hotel pasaba de unas manos a otras y «había mucho caos, porque el primer tipo que lo compró quería abrir un bar en la azotea, pero no se lo permitieron», cuenta mientras recorremos los pasillos del edificio y yo tiro de cámara para inmortalizar la visita. No hacen falta muchos disparos, lo de posar para él es algo innato.

Camina por aquí y por allá como si fuese su casa, conoce cada centímetro, lo que había antes y lo que hay ahora, aunque las paredes se hayan movido de sitio. El edificio no mantiene la distribución original, se ha reducido el número de habitaciones, algunas se han dividido y hay otras que ya ni existen, como uno de los cuartos en los que se alojó Patti Smith -ella haría una de las mejores aproximaciones al Chelsea en su libro Éramos unos niños, donde decía que cada habitación era una casita de muñecas con su propio universo-.

Crecí en medio de la nada en Oklahoma, es sorprendente trabajar aquí a mi edad

William Benton


Por suerte para los vecinos del barrio, los mitómanos y, sobre todo, para los inquilinos permanentes que continúan en el hotel - ahora mismo 42 que vivieron allí incluso durante la reforma-, el Chelsea fue designado en 1966 como monumento histórico de la ciudad de Nueva York. Cualquier cambio debía ceñirse a las directrices del comité de preservación; especialmente los elementos más icónicos que, en el caso del Chelsea, son la pirámide de la azotea, su fachada, los balcones y su letrero.

Más tarde el hotel lo compró un grupo de empresarios con experiencia en la gestión de hoteles y fue una «buena noticia» porque «habían trabajado durante años en el Marlton, otro hotel histórico donde también habían vivido escritores como Jack Kerouac, Neal Cassady o Valerie Solanas», esta última una escritora estadounidense que se hizo especialmente conocida por intentar asesinar a Andy Warhol.

La azotea del hotel ya no tiene apartamentos, acoge un gimnasio y un spa


Los nuevos compradores -Sean MacPherson, Ira Drukier y Richard Born- lograron finalizar el proyecto y entonces, tras la reapertura en 2022, fue cuando William Benton pasó de ser un admirador a formar parte de la historia del Hotel Chelsea como uno de los recepcionistas. «Crecí en medio de la nada en Oklahoma, es sorprendente trabajar aquí a mi edad; todos los discos que me gustaban, los libros que leí y las películas que vi se cruzaban en este lugar», confiesa.

Recibe a los clientes en la puerta y los guía allá donde vayan desde el lobby hasta la azotea, aunque en realidad se ha convertido en una especie de historiador de lugar para los curiosos. «Hace poco hice un tour para un actor español que interpreta a Leonard Cohen y su encuentro con Janis Joplin en el Chelsea», se refiere a Ángel Caballero.


Cuando Manhattan acaparó el arte

El dedo de Benton apunta en todas direcciones y a todas las esquinas en los rellanos mientras explica que «todas las obras de arte que cuelgan aquí son de la colección original». Que el Chelsea se convirtiese en una especie de galería de arte fue «gracias a la idiosincrasia de Stanley Bard», que aceptaba esas obras en concepto de pago del alquiler.

Bard fue el más conocido gestor del hotel a lo largo de su historia y casi siempre supo cómo sacarle partido a la leyenda en la que se había convertido este edificio de apartamentos. «Algunas cosas son geniales y otras no son tan buenas, Bard no era un experto», nos cuenta Benton mientras desvela que hubo obras muy valiosas que Bard sí se llevó a su casa porque «era muy arriesgado dejarlas en las paredes del Chelsea».

En el vestíbulo de cada planta cuelgan obras de la colección original de Bard

Desde su construcción en 1883 por los arquitectos Hubert y Pirrson, la familia Bard fue una de las que más tiempo estuvo al frente del hotel desde que David Bard se hizo con parte de la propiedad en 1939, Su hijo Stanley tomaría las riendas años después, en la década de los 70 y no lo perdería hasta el 2007. Muchos han cuestionado las formas de Bard, pero, indudablemente, contribuyeron a mantener el arte en la isla. Quizá lo saben y, por eso, una de las nuevas estancias -Bard Room- se ha bautizado con su nombre.

En el interior de sus muros de ladrillo rojo se juntaron las voces de Patti Smith, Janis Joplin, Dylan o Keith Richards; el flasheo de la cámara de Robert Mappletorphe, el rasgar de las plumas de Mark Twain, Thomas Wolfe o Allen Ginsberg. Allí imaginaron Jackson Pollock, Salvador Dalí o Andy Warhol y también fue una fuente de inspiración para 2001: Odisea en el espacio (Arthur C. Clarke), El almuerzo desnudo (William S. Burroughs) o los primeros borradores de En el camino (Jack Kerouac) y para canciones como Sad-eyed lady of the Lowlands (Bob Dylan) o Third Week in the Chelsea (Jefferson Airplane).

Las icónicas escaleras de hierro del Hotel son de lo poco que se conserva intacto en el interior tras la reformaAndrea Carrasco


Con las piernas colgando entre los barrotes de las escaleras, Natalie Portman fumó sus primeros cigarrillos para Luc Besson en León mientras Jean Reno permanecía en una habitación. Arthur Miller se mudó allí tras divorciarse de Marilin Monroe. También estuvo Eddie Segdwick, la musa de Warhol y del Chelsea, y nació el Chelsea Girl de Nico; de cuando se cansó de ser el añadido de The Velvet Underground. Gregory Corso, Dee Dee Ramone, O. Henry, Valerio Adami, Jimmy Hendrix, Arthur Miller, Thomas Wolfe, Madonna... todos desfilaron arriba y abajo por esa espiral de hierro.

Cada vez se escriben más libros y películas, la historia no corre peligro de perderse

William Benton

Entre estas paredes también pervive la leyenda del poeta Dylan Thomas, que vivió sus últimos días en el Hotel Chelsea. El escritor, huésped habitual, tras jactarse de haber bebido 18 whiskies seguidos, sufrió en su habitación un coma etílico y falleció, en 1953, en el Hospital St. Vincent. Se dice que su fantasma todavía merodea por el Chelsea, pero William, que estuvo alojado también en la 204 (antes de la reforma) confiesa que «nunca ha notado nada extraño». Una de sus guitarras está fabricada con madera recuperada durante las obras, quizá, sin saberlo, se haya convertido en algún tipo de amuleto.

Vista de la habitación (reformada) donde el poeta Dylan Thomas pasó sus últimos días


Amor y muerte en el Hotel Chelsea

Es importante no confundir el Hotel Chelsea con el Cecil de Los Ángeles -escondite de asesinos en serie-, aunque en la 23th también hubo sucesos macabros, algunos para los que no hubo respuesta. Lo dijo Patti Smith en Éramos unos niños, a comienzos de la década de los 70 el ambiente en el Chelsea estaba cambiando era «algo delirante, como si algo hubiese salido mal». El tiempo en el que podías cruzarte a la entrada con Salvador Dalí había pasado.

Aquella época fue en la que asesinaron a la novia del bajista de la banda británica Sex Pistols. «Algo le ocurre a mi chica», dijo Sid Vicious saliendo de la habitación número 100, donde se encontraba el cuerpo sin vida de su pareja Nancy Spungen con un cuchillo clavado en el estómago.

Vista de uno de los pasillos que mantiene la esencia original gracias a las puertas que dan a los ascensores

Su representante, Malcom Mclaren confesó a algunos periodistas que Vicious era «muy agresivo» y que a veces sufría «ataques de ira» pero que, «en el fondo», era un buen chico. Fue detenido y acusado de asesinato aunque, finalmente, puesto en libertad bajo fianza. Lo que pasó se iría con él a la tumba, a la que llegó meses después tras morir de una sobredosis a su vuelta a la perdición de Manhattan.

Aunque entre las paredes del Chelsea también nacieron historias de amor, unas más largas y otras fugaces, como la de Leonard Cohen y Janis Joplin -que recuperó la obra Chelsea Hotel dirigida por Ángel Caballero-. Aquel día, bromeando, Cohen se hizo pasar por Kris Kristofferson, a quien buscaba la cantante, y terminaron viviendo un affaire que inspiró la canción Chelsea Hotel nº2; aunque Cohen se empeñe en cantarle a Joplin «no pienso en ti tan a menudo».

William Benton en la azotea del edificio desde donde se ven los rascacielos próximos a Hudson Yards


La luz en el interior del Chelsea aumenta a medida que subes los pisos. Es gracias al lucernario que hay en la azotea del Hotel, que también mantiene su pirámide. Allí arriba, donde ahora hay un gimnasio y un spa, estuvo el piano de Jobriath (conocido como el Bowie americano) y también sonaron canciones de la Grateful Dead. Allí arriba, como imaginando la vista de Hudson Yards tras los inmensos rascacielos de Manhattan, Benton recuerda otras palabras de Patti Smith casi como si fuesen suyas: «me gusta estar donde estaban los grandes».

William contribuye de alguna forma a mantener ese legado de 140 años que, aunque cada vez «se escriben más libros y se hacen más películas y corre poco peligro de perderse», sigue siendo desconocido para algunos despistados. Las paredes del Hotel Chelsea dejaron de contar muchas cosas tras la reforma y, además, ya nunca volverán a acoger a tantos artistas que fueron -y algunos son hasta que expiren sus contratos- inquilinos a largo plazo y que contribuyeron a forjar la leyenda. El Hotel Chelsea, que un día fue el edificio más alto de Nueva York, es ahora lujo de alta gama no apto para todos los bolsillos.

Fuente: El Debate